Él la miró sin disidir el porqué de su actitud evasiva y un
tanto fría, la observó queriendo también comprender la razón por la cual ella tapaba
su rostro y aun así mantenía los ojos cerrados. No era evidente para él
entender que ella solo intentaba tranquilizar estallidos de angustia que en su
mente estallaban en colores blancos, dentro de una oscuridad que a su vez
representaba su realidad.
Queriendo hacer sus manos a un lado, tomó sus brazos y,
notando cómo ella se negaba rotundamente a la renuncia, reprimió la risa que el
saber le provocó, pues nunca hubiera creído que podía resultar tan fuerte si se
lo proponía. Tampoco podía creer que fuera tan tonta, que no contestara cuando
se le estaba hablando y, en especial, que lograra hacerlo preocupar cuando no
había nada de lo cual inquietarse.
Y cuando le preguntó que ocurría, ella respondió que era
demasiado tonto como para poder decirle, probablemente se le pasaría como
siempre ocurría y que se fuera como había
dicho que lo haría. Por supuesto que al escucharla la soltó, pero para
besarla, sostenerla un poco mejor entre sus brazos y pedirle por favor que
parara. “Dale, contame que pasa”; no
obstante los besos cesaron, el agarre siguió su mismo curso y finalmente ella
se dejó escuchar, diciendo bajito:
—Cada vez que te vas, siento que podría ser la última vez. Lo
siento como un para siempre aunque solo
esté en mi cabeza, haciendo eco con cada beso, en cada susurro de tu voz. Me
lastima, no sé. Pensar que tenemos muchas cosas para hacer pero todo se puede
ir al carajo una vez que cruces esa puerta.
Mientras había estado hablando sus ojos se fueron abriendo y
ahora lo único que había en su voz era la consecuencia que el hablar traía. El
surgimiento de las luces blancas manifestándose en cada rincón, como un
retroceso de emociones, reprimiendo y sacando a la luz recuerdos que… Y él
estaba sonriendo, la miraba con ternura y ella frunció el ceño, sintiendo que
su voz se quebraría si la volvía a invocar.
—Que tonta que sos, eh, y a su vez tan linda… No me voy a
ningún lado, te lo prometo. Solo a mi casa, para poder hablar después a la
tarde con vos, en la semana chatear un poco más y no sé, quítate esas ideas
raras de la cabeza. No seas tonta, ¿podrías no serlo?
Era completamente absurdo pensar en un final cuando ninguno
de ellos lo deseaba.
—No me extrañes —Agregó—. Tuvimos una semana de mierda, sí,
pero acá estamos y hoy desperté con vos a mi lado y no hay nada que me haga más
feliz que eso.
No obstante la conocía y ella era más que fingir una
sonrisa. Pretendiendo que veía la tele, se quedó un rato más porque ¿acaso qué
era estar a su lado si no era para sentir su respiración contra su nuca, saber
que por más que no la viera ella probablemente estaba sonriendo? Y ese agarre
abrazándolo por detrás… Qué absurdo podía resultar estar con ella.
Buscó la remera, luego se colocó el pantalón y mientras se
ataba los cordones de las zapatillas la miró, ahí tendida en la cama,
caprichosa como ella sola, perseguida como ninguna, era esperable saber que
estaría así no importara cuánto dijese al respecto.
Antes de hablar, la llenó de besos.
—Bajá a abrirme.
Siempre era raro besarlo con la angustia estropeando el
tacto.
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