Ahora lo entendía.
O por lo menos, comenzó a comprenderlo aquella tarde gris en la que caminó por el pasillo, buscando con impaciencia algún rastro del sueco. Si, lo encontró, pero no exactamente como él lo quería.
— ¿Finlandia?
Ahí estaban ambos países vecinos, cerca, tomándose de las manos en un rastro de amor, diciéndose cosas al oído, sonrojados, sonrientes.
¿Y él?
El no tenía nada.
No estaba sonriente, no estaba feliz… No tenía a nadie a su lado. Noruega lo había dejado, Islandia había partido junto a él.
Un vacío lo cubrió completamente, por primera vez en su vida sintió como el aire le faltaba y el frío de aquella tarde lo acompañaba. Porque, él nunca había sentido el frío, él era cálido… y sin embargo, justamente ahora, se sentía sin vida… Completa y dolorosamente gélido.
No dijo nada, no pronunció palabra alguna y sólo se quedó allí, procesando lo que estaba ocurriendo, porque claro, él había sido un imbécil con todas las letras. Demasiado confiado, ilusionándose con lo imposible.
Y, al fin, cuando creyó que el olvido se había paso en él, su mundo perfecto decayó con pesadez sobre él.
Pero, tarde o temprano, debía enterarse, ¿no?
La persona que más amaba en este mundo, jamás iba a corresponderle.
—Suecia…
¿Qué debería hacer? La ira se iba acumulando, tanto Finlandia como Sverige habían estado frente a él, conversando… Negando.
Y ahí estaban.
Recordaba con nitidez como Finlandia le había negado su relación con el sueco una vez que el danés le preguntó acerca de ello. No solo se la negó, sino que hasta lo había ayudado en su desdicha.
Se dio la vuelta, sonrió, y caminó.
Sonreír era mucho más difícil que llorar, y a él le gustaban las cosas difíciles.
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