martes, 13 de diciembre de 2011

OO1.


Podía ver sus ojos castaños desnudándome con la mirada, descubriendo trozos de mi alma que aún no era capaz de sacar a relucir. No moví los labios para hablar y decirle al fin que se detuviera, que aquello que hacía me avergonzaba, me hacía sentir un niño mimado. Acostado a mi lado, me susurró palabras en francés que no logré entender, acarició con la yema de sus dedos la piel que adornaba mi cuerpo y besó con delicadeza mis mejillas sonrojadas. Estaba mal, todo estaba mal, él estar con él me volvía vulnerable e incluso paranoico. No quería que nadie lo tocara a excepción de mi, y era egoísta, tan egoísta que dolía. Sus labios solían acariciar mi cuello con la brusquedad propia de su naturaleza, los gemidos escapaban de mi garganta, suaves, irreconocibles y no pedían permiso para hacerme débil. No quería complacerlo, pero allí estaba mi espalda arqueándose, mis ojos cerrados y mis labios hinchados, sangrando por el encuentro casual que se repetía todas las semanas.

Nunca hablas.

Me susurra con esa sonrisa burlona, aunque mirándola de reojo parece sincera, un fantasma de su costumbre inunda su rostro esos segundos.

No quiero hacerlo.

Indiferencia. No me gusta dar explicaciones y mucho menos a él.

¿Me quieres?

Mi corazón se detiene, mi respiración de enfría e intento calmarme por una pregunta sin sentido. O quizás con demasiado sentido para mi gusto. Me gustaría responderle que su respiración me adormece irrita y que el sonido de su risa me entristece causa arcadas.
–No.
Miento respondo con indiferencia finjida y observo su rostro, sin preocuparme en ser discreto.

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