Podía ver sus ojos castaños desnudándome con la mirada,
descubriendo trozos de mi alma que aún no era capaz de sacar a relucir. No moví
los labios para hablar y decirle al fin que se detuviera, que aquello que hacía
me avergonzaba, me hacía sentir un niño mimado. Acostado a mi lado, me susurró
palabras en francés que no logré entender, acarició con la yema de sus dedos la
piel que adornaba mi cuerpo y besó con delicadeza mis mejillas sonrojadas.
Estaba mal, todo estaba mal, él estar con él me volvía vulnerable e incluso
paranoico. No quería que nadie lo tocara a excepción de mi, y era egoísta, tan
egoísta que dolía. Sus labios solían acariciar mi cuello con la brusquedad
propia de su naturaleza, los gemidos escapaban de mi garganta, suaves,
irreconocibles y no pedían permiso para hacerme débil. No quería complacerlo,
pero allí estaba mi espalda arqueándose, mis ojos cerrados y mis labios
hinchados, sangrando por el encuentro casual que se repetía todas las semanas.
–Nunca hablas.
Me susurra con esa sonrisa burlona, aunque mirándola de
reojo parece sincera, un fantasma de su costumbre inunda su rostro esos
segundos.
–No quiero hacerlo.
Indiferencia. No me gusta dar explicaciones y mucho menos a
él.
– ¿Me quieres?
Mi corazón se detiene, mi respiración de enfría e intento
calmarme por una pregunta sin sentido. O quizás con demasiado sentido para mi
gusto. Me gustaría responderle que su respiración me adormece irrita y que
el sonido de su risa me entristece causa arcadas.
–No.
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