Suelen agarrarme crisis de histeria, ira, aunque he oído que detrás de un gran enojo reside la tristeza. En esos momentos hilarantes, mi mente se nublaba y yo temía por mi mismo.
Primero me sentaba en el suelo, o caminaba, pero siempre retorciendo mi cabello con furia en un gesto nervioso y molesto, no podía siquiera pensar. Mi boca soltaba frases al azar que encerraban siempre la misma conclusión: Estoy solo. Quería descansar y olvidar el mundo.
¡Ah, que detestable, que estúpido e inútil que me sentía!
Luego de la crisis nerviosa me tumbaba en el suelo, y sentía la frialdad de éste de una manera placentera que me obligaba cerrar los ojos e intentar soñar, dormir por más que no quisiera. Rompía a llorar silenciosamente, me daba vergüenza hacerlo y pensaba que de esa forma todo sería más leve. No, no lo fue, ni nunca lo será. Porque me retorcía a medida que los pensamientos aparecían, cristalinos y con calma, haciendo un contraste imperfecto con la situación en si. Mi mente calma, perdida en la nada y yo tenso, incontrolable, furioso e inerte.
Segundos después, todo volvía a la normalidad.
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